¡Adiós D. Marcelino!
P. D. Altuna
La Voz de Guipúzcoa, 1902-07-22
En el teatro le ví la primera vez: la última le he visto en el teatro.
En aquel gimnasio que él dirigió, y en donde había levantado un pequeño tablado adornado con cuatro maderos mal pintados, fui presentado a D. Marcelino, como le llamábamos cuando estábamos en su presencia, que si estaba ausente le llamábamos Choroa, por Toribio Sánchez, para formar parte de la segunda compañía (fueron muchas) que durante buen espacio de tiempo actuó con éxitos varios.
En la primera figuraron Vicente Machimbarrena, Manuel Lizasoain, y otros pollitos de la aristocracia donostiarra, que pusieron en escena El loco de la guardilla y otras comedias delicadas en un acto, y a quienes cupo el honor de estrenar la obrilla de Choroa, Iriyarena, que volvió locos de entusiasmo, por ser el cuadrito una verdadera fotografía de su afición predilecta, a los choriburus erricoshemes.
En este pasillo de costumbres donostiarras se oyeron por primera vez en el teatro palabras vascongadas con agradable sorpresa, aquellas con que comienza:
«Aizak, Vishente, farritik bay al dek?» pronunciadas por el niño López Alén, hoy Mendiz-Mendi; y cuando otro niño, Azkue, hoy director del Banco de Gijón, dejó oír las famosas coshkas de San Vicente, el entusiasmo se desbordó caluroso y atronador, manteniéndose vivo hasta que cayó el telón en aquella confusión final de la carrera del buey.
A esta obra siguieron otras escritas en vascuence, corriente que han seguido algunos con escasa fortuna, salvo Toribio Alzaga, que ha hecho una comedia en un acto, de verdadero mérito, Aterakoguea, y quizá alguno más, siendo ésta una de las grandes satisfacciones de Soroa, que se llenaba de orgullo al considerarse fundador del Teatro Euskaro.
Con los Machimbarrena y los Lizasoain empezó a figurar Toribio Sánchez, y por rivalidades y oposición de caracteres y de tendencias salieron aquellos, quedando éste dueño del terreno, y aunque siempre bajo la dirección de Soroa, siendo el inspirador y el alma de esta segunda época.
Nos atrevíamos con todo, desde la comedia fina y delicada en un acto hasta el drama más difícil y apasionado; desde el apayasado boceto hasta el melodrama espeluznante; un día Verdugo y sepulturero y El pavo de la carta; otro Los pobres de Madrid.
Y trayendo de propósito en estos recuerdos la representación de Don Juan Tenorio, voy a ver si reconstituyo la compañía infantil a la que pertenecí cuando contaba 13 o 14 años.
El primer galán era Toribio Sánchez, habiéndose transformado con el tiempo el Don Juan apuesto y declamador en médico español y propietario americano; el Don Luis era el que estas líneas escribe, ni médico ni propietario; el Comedador, Gabriel González, capitán de Estado Mayor; Ciuti, pero un Ciuti de verdad, Pepe García, gracioso de cuerpo entero; Doña Inés, Arturo Melero, que cobra del Estado; Doña Brígida, Javier Remes, oficial ilustre de nuestra Armada, y el capitán Centellas, Carlos Usandizaga, cónsul del Uruguay.
Y por el mismo escenario han pasado, recogiendo las primeras semillas intelectuales aprendiendo el castellano, fijando iseas y metáforas, desenvolviéndose modelos y haciéndose al trato social el barítono Ignacio Tabuyo, el director de nuestro gimnasio, Norberto Luzuriaga, Nemesio Saizar, Antonio Lapazarán, y Múgica y muchos más.
Todos le debemos mucho; ha sido él más nuestro maestro que muchos otros que llevaron ese título; y hoy, ante su tumba abierta, deposito con mi saludo a los vivos que han recordado esparcidos por el mundo, en mi nombre y seguramente en el de ellos, esta ofrenda de eterna gratitud y de profunda veneración.