Cosas donostiarras
Letras y arte
Mendiz-Mendi
La Voz de Guipúzcoa, 1902-08-02
La muerte de Soroa, mas bien, sus funerales, nos han traído a la mente aquellos versos, de no recordamos qué autor, que entre otras verdades dijo, lamentando las exequias postreras de aquel típico y celebrado autor que fue un día ídolo del teatro castellano. Sólo y olvidado...
Murió Ramón de la Cruz
Y en tanto que éste expiraba
Perdiendo la escena el brillo,
Al lecho de un Pepe Hillo
Todo Madrid se acercaba.
Al cadáver de Soroa no le han acompañado más que media docena de amigos admiradores, esos amigos en donde no cabe el olvido ni la ingratitud.
Ocurre con algunos que, si se interroga sencillamente: ¿qué le parece esto?, mostrándole una producción cualquiera, un trozo de literatura, un fragmento o conjunto de pintura, escultura, etc., el individuo, con impasibilidad buscada, se digna por toda respuesta contestar: Hombre, yo no entiendo de eso!
Y no comprende que quien así procede incurre en la mayor de las vanidades, pues al decir tal vaguedad quiere desprender de la contestación que en otras materias es una autoridad indiscutible.
Así son muchos que, ni por cumplido siquiera, tienen el desprendimiento, la sencillez o la nobleza de prestar dos cuartos de cariño hacia aquello que ha sido producido: si se escatima el estímulo o el aplauso por eso del yo no entiendo... apaga y vámonos, y a Leganés.
Pero dejemos la digresión para hacernos eco de una preciosa corona literaria que la revista Euskal-Erria acaba de dedicar al llorado Soroa.
El recuerdo es justo, muy justo.
Es lo menos que ha podido hacerse a la buena memoria de Soroa.
El pueblo, es verdad, tiene sus defectos (¡quién no los tiene!), pero es siempre la entidad más sana que compone la sociedad.
Anteayer tocaba precisamente la banda municipal aires genuinamente vascos con motivo de la festividad del día, y era de ver cómo el público del lado de la calle del Pozo se entusiasmaba a los acordes del Arrantzalia, del Urra-Papito, del Lo!, lo!, lo!, etc. Es más, se enternecía, y ¿por qué esa íntima manifestación que así se desbordaba? Porque la música se unificó con el alma, con el verdadero sentir de esa masa que se llama pueblo, porque lo que en él despertó es lo bello, lo grande, lo que nunca se adquiere, por más que se pretende, con el falso pulimento de lo que hoy se ha dado en llamar estudio; aquella viva emoción que anteayer brotó del mismo corazón del pueblo donostiarra era la esencia purísima del arte. El pueblo es el artista más grande en su estado sencillo, sin mezcla.
Ese pueblo es el que llora la muerte de Soroa; la Euskal-Erria ha cumplido un sagrado deber, dedicándole, con el retrato del querido donostiarra al frente, el último de sus números, acompañado de firmas muy apreciables.