Chispazos en el agua
Arturo Campion
Blancos y Negros, 1896
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En medio de una sala vastísima, capaz de contener triple número de niños, fría y de mal repartidas luces, donde los bancos y mesas cojos sobrepujaban a los cabales, el maestro don Bernardino, embozado en su capa andaluza, pasaba lista y apuraba la colilla. Los chicos, repartidos en secciones, junto a la pared cubierta de dislacerados mapas y mugrientos cartones de silabarios, respondían «¡presente!», divirtiéndose en gritar más de lo preciso y mudar el timbre natural de la voz.
El maestro dió tres palmadas, y los muchachos, rompiendo las secciones, se extendieron delante de él en hileras y de tres en fondo. Don Bernardino fué registrándoles los bolsillos, y cuando encontraba mendrugos de pan, los arrojaba a un rincón; pero si eran nueces, avellanas, castañas o manzanas, las retenía en las amplias faltriqueras de su americana.
Os he prohibido cincuenta mil veces comer en la escuela: ésta no es la pocilga, granujas.
Cincuenta o sesenta pares de ojos estaban fijos en la cara verdi-negra del maestro, larga y escuálida, mal afeitada, de entrecano bigote, cara de sargento retirado de la guardia civil. Aquellos ojos azules, pardos, castaños, negros, de mirada viva e inteligente los más, y de expresi½n traviesa todos, decían: «Lo que tú quisieras es que nosotros trajésemos perniles; por si nos descuidamos en traer algo que valga, no nos registras más a menudo».
Sufrió una violenta tanda de tos don Bernardino, escupió a un pañuelo de hierbas tan arrugado y sucio que parecía un pingo, y con voz, aún anhelosa, dijo:
Hasta ahora os he pedido el anillo una vez a la semana. Desde hoy, os lo pediré dos veces, y no a día fijo, porque ya sé lo que hacéis, bribones. Andáis ladrando baskuence seis días, y el séptimo aguzáis el oído para encajárselo al más descuidado. Es una vergüenza lo que pasa en este pueblo; nadie habla castellano, y ninguno de vosotros es capaz de enhebrar media docena de palabras sin un despropósito. Luego viene el señor Inspector y me abronca. Mirad, los chicos de Irurzun, a tres o cuatro leguas de aquí, han olvidado el guirigay. Vosotros no podréis ir a ninguna parte civilizada, sin que se os ría la gente y os llame papanatas ¿Quién tiene el anillo? Hoy hace frío y no le sentarán mal media docena de vergazos.
Los chicos rompieron filas y formaron corro alrededor del maestro.
Este repitió la pregunta. Un cuchicheo recorrió susurrando los grupos de los muchachuelos, y cierta sonrisa burlona, acentuada por la expresión de crueldad inconsciente propia de los pocos años, animó aquellas infantiles caras de atezados cutis, mocosas narices y broncas e incultas cabelleras. Don Bernardino siguió la dirección de las miradas y dió con Martinico.
Este, ocultas las manos dentro de los bolsillos, tiritando, pálido, encajonada su cabeza entre la doble joroba y restregándose los pies manchados de lodo, levantaba sus ojos descoloridos y tristes, cuyo párpado inferior henchían las lágrimas próximas a correr. Sus labios abiertos temblaban, y la distancia de la boca a la nariz, por la actitud suplicante de la cabeza, parecía mayor y redondeaba la expresión lela de su rostro.
¡Cuán amarga bullía la hiel de don Bernardino! Contemplábase, a sí propio, enfermo de una lesión pulmonar incurable, atribuída por él mismo al clima húmedo y frío. ¡Ah! la suerte no le había sido amable. Hijo de pobrísimos labradores, desde su mísero villorrio del Pirineo, de once años, pasó a Pamplona a servir de mancebo o aprendiz de comercio. Un pariente cura que en la capital vivía, notando su despejo, lo tomó a cama y mesa y se comprometió a sufragarle los estudios de gramática. Muerto el sacerdote, Bernardino colgó los manteos, siguiendo la carrera de maestro, a costa de infinitas privaciones. Después cayó quinto. En el ejército hubiese tenido porvenir si su carácter atrabiliario y altivo no le perjudicara. Con los inferiores era duro, con los superiores tieso: defecto el segundo insubsanable y peligroso el primero, porque los subalternos ascienden. Dominábale la pasión de la lectura, incubada por la ebullición de ideas que produjo la septembrina. Convínose la semi-ignorancia del dómine, con la semi-ciencia del lector atropellado de obras medianas y heterogéneas.
Como nunca tomó libro que le hablase de su tierra, disipóse el sabor de la patria nativa. La patria de sus amores era la patria política, la que él halló enaltecida y celebrada por sus autores favoritos. Era la suya de las almas modeladas por la guerra de la Independencia, madre verdadera del unitarismo español. Profesaba al regionalismo odio de jacobino, y entre todas las manifestaciones de la vida local ganaban la palma de sus antipatías los idiomas. Singularmente detestaba al baskuence, recordando, acaso, las burlas que le valió cuando comenzaba a chapurrar el castellano que hoy, con su criterio de maestro de escuela, estimaba ser la lengua más sonora, majestuosa, rica y perfecta del orbe. Su execración al baskuence fermentaba con el furor del renegado, del parricida. Aunque montañés, por sugestión literaria le entusiasmaban los horizontes despejados, las llanuras inmensas, el cielo azul, el sol radiante y los demás lugares comunes de las bellezas de España. Tras de mucho rodar, gracias a las recomendaciones del general en jefe de quien había sido asistente, a falta de cosa mejor, logró obtener el cargo de maestro municipal de Urgain, donde vegetaba con sueldo mezquino, echando pestes del paisaje, del paisanaje y del celaje, agriado su carácter desapacible y vidrioso, ulcerado su corazón, poco sensible, de suyo, por decepciones de carrera, desventuras de familia y dolencias físicas. De los chicos entregados a su férula, no veía sino los defectos. Ellos y él servíanse de muto tormento.
Don Bernardino miró torvamente a Martinico, sin que la compasión le oprimiese el pecho ante aquel ser deforme, triplemente herido por la escrófula, el raquitismo y la miseria. La debilidad del niño, el desamparo del mendigo, la fealdad del contrahecho que la mano torturadora de la desdicha le ponía debajo de la plantas, era cebo a la ruindad de sus sentimientos, a la cobardía de su ánimo, a la amargura de sus afectos y a la dureza de sus entrañas.
Con acento irónico, exclamó:
Continúas abonado al anillo, don Tortuga, señor Sapo! Tres semanas hace que acudes a la escuela, no por amor a las letras, sino a la ración de la alcadía, y otras tantas lo ganaste. ¡Ya te quitaré las ganas de reincidir, bribonzuelo, ratero! A ver, dámelo; vamos, pronto, que no hay tiempo de sobra.
Martinico, lívido, tendió la mano con el anillo; dos lagrimones resbalaron por sus macilentas mejillas.
Como tú hacen los perros; antes de que les toque la piedra, ladran y cojean. No malgastes las lágrimas: te han de hacer falta pronto.
Martinico, maquinalmente, se había quedado en la misma postura. El maestro le sacudió un palmetazo con la regla, que le hizo retirar la mano y esconderla.
Levantó don Bernardino el anillo a lo alto, y dijo:
He aquí la joya que guarda la boca de este lagarto.
Los chicos se rieron pateando de gusto
Silencio, canalla; de lo contrario, os reparto leña también. Me llamo Balda y ...baldo. Vamos a ver, señor don Martín Zurikalday -švaya un apellido, señores! ¿quién te entregó ese anillo?
Aanterooo.
La emoción le trababa más la lengua; con dificultad podía articular.
¿Quieres un vaso de agua con azucarillo? La cosa tiene doble chiste: ¡ser tartamudo y hablar baskuence! Antero, Antero, ¿y que más?
Zuu...Zuuubel... Zuubeldíía.
Antero Zubeldía; ¡valiente pieza! ¿Cuándo?
A ayer.
De modo que, como de costumbre, contra mis órdenes reiteradas, ¿hablaste baskuence en la calle?
No señor, no señor. Haablar casteellaanoo yo; di... didicir yo orma een vez dee paared; izas! me ha dadoo aanillo.
¡Antero Zubeldía!
šSeñor!
¿Es cierto lo que dice Zurikalday?
Sí, señor. En la fuente le di el anillo. Nos estaba diciendo que fuésemos a la huerta de Gortari a robar nueces; que él ya subiría por encima de la orma. Yo entonces le dije: Martinico, hablar en baskuence has hecho: y le di anillo.
Bien, bien; Martinico se encontró con la horma de su zapato, aunque no los usa. Cuida de que a ti no te suceda lo propio. Desde hoy, el último y el penúltimo que tenga el anillo serán castigados. Martín, saca las manos, junta los dedos.
Yo queerer sooolo a andar; ¿pa qué veenir esoos coonmigo? Yo soolo mejor; sieempree detraas de mí, queriiendo daar a anillo andaan. Yo no saaber orma casteellaano qué demoniiios si ser. Yo caastellanoo hablar hiice.
Para que aprendas lo que es castellano y lo que es gringo, voy a activarte la circulación de la sangre. Tu lengua de estropajo y tu idioma corren parejas. Lo dicho, dicho; saca las manos y junta los dedos.
Obedeció contra toda su voluntad, Martinico, y el maestro comenzó a descargarle secos golpes con la regla de cuadradillo. Gritaba el muchacho y retiraba las manos; entonces el maestro le daba fuertes tirones de las orejas y del pelo, levantándose a pulso por el asidero de aquéllas. Goteaban ya sangre las uñas, y no hubo medio de que sacase, nuevamente, las manos de los bolsillos.
¡Granuja! ¡Tunante! ¡Desobediente! ¡Terco! ¿Piensas que tus gritos disminuirán la ración? ¡Vaya que es lindo el hocico que pones! Tuerces la boca de un lado solo. ¡Toma, para que la tuerzas del otro y haya simetría!
Le pegó un terrible bofetón en la mejilla izquierda, que le volvió la cara. En seguida descolgó las correas y blandiéndolas un momento, le tiró el primer azote; silbaron aquéllas y se enroscaron alrededor de las flacas pantorrillas del muchacho e imprimieron lívidas huellas en la amoratada piel; luego, cayeron sobre sus muslos, trasero y espalda. Martinico lanzaba gritos desaforados, atronadores berridos. Los demás chicos se reían.
¡Calla, condenado! parece que están matando un puerco. ¡Calla, te digo! Cuanto más grites, peor. Si recibes media docena sin chistar, se acaba la fiesta. Uno, dos; ¡graznido al canto! cuenta nueva. Uno, dos, tres... imposible. ¡Toma este, éste y éste; hasta que se te raje la campanilla!
Enfurecido por los lloros y gritos, don Bernardino se fué encarnizando y menudeó sus golpes con bárbara insistencia: tiró la correa y comenzó a puñadas, pescozones y puntapies, asestados en todas las partes del cuerpo de Martinico, a quien acorraló contra la pared. El infeliz ya no lloraba, gemía; sus quejidos convulsivos hacían trepidar su deforme tronco; la respiración, perturbada por los golpes que habían caído sobre su pecho y espalda, era estertorosa; sangre de los dientes y narices enrojecía la pechera de su harapienta camisa, y en la piel de su cabeza y piernas aparecían rasguños y cardenales. Los chicos, atemorizados y ya compasivos, se formaron en secciones, guardando el más profundo silencio. La escuela parecía un gallinero rondado por el gavilán.
Cuadrau, impensadamente espectador del final de la escena, se adelantó con la carta, desde la puerta donde estuvo recostado y mirando. Al oír los pasos, volvió don Bernardino la cara, sin lograr reprimir un movimiento de contrariedad y sobresalto.
¿Qué es eso? ¿quién es? ¿qué le ocurre?
Señor maistro, aquí subo una carta pa usté.
Bueno, gracias. Otra vez llame usted en la puerta antes de entrar.
Cuadrau clavó sus ojillos grises, burlones y atrevidos, en la cara fosca del maestro, y dijo:
Usté ispense; yo no estoy acostumbrau a estas fatadas.
E hizo como que se marchaba; pero deteniéndose, añadió:
¿Por hablal baskuenz le ha pegau usté la tocata a Martinico? ¡Pobre crío!
Le pegué por desobediencia contumaz, y para que aprenda lo que le conviene y está mandado replicó secamente don Bernardino.
Cuadrau alzó los hombros con desdén, y se acercó al rincón donde Martinico, tendido por el suelo, dobladas las piernas y vuelta la cara a la pared que le servía de apoyo, gemía convulsivamente.
Toma, probico; toma esta ochena; no llores.
La compasión ennoblecía a sus ojos, de ordinario, procaces, y en su voz ruda vibraba la nota tierna de la piedad. El jorobadito recompensó con triste mirada de agradecimiento, la limosna. Pero removidas sus penas por aquel inesperado rasgo de conmiseración, rompió a llorar estrepitosamente; pegado el cuerpo a la pared, sacudido por nerviosos estremecimientos, ya no tuvo ánimo ni gusto para abrir su mano de mendigo.
Cuadrau le metió la moneda en el bolsillo del desgarrado chaleco. Vió las manchas de sangre, y al incorporarse, exclamó con voz que llenó la silenciosa escuela:
¡Rediós! ¡A un hermanico mío habían de venir a pegale porque hablaba la lengua que Dios le puso en la boca! ¡La suya se la habían de comellos perros al maistro!
Y encarándose con los niños, prosiguió:
¿Pa esto vus traen a la escuela vuestros padres? ¡Montañeses habían de ser! ¡Falsos, más de falsos! ¡Mandrías, sangre de limaco!
Y salió del local luciendo en los ojos el fuego que le dictó aquella acusación de cobardía, y atestiguando su indignación con tremendo portazo.
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