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El euskera en los tribunales de justicia

Idiaquez rehabilitado: el euskera sin reparacion

(Ante un proceso)

 

Aitzol

Euzkadi, 1934-09-21

 

        Noche cruda, durísima aquella del descarnado invierno. Con claridades de muerte, pálidamente alumbraba la luna el paisaje. Azul tenue la sombra que la luna proyectaba en los pliegues de las blancas laderas de los montes. No tardó en cerrarse el cielo para nevar copiosamente. Fatigosamente abríase paso el coche por la empinada cuesta de Aizarna, obstruccionado como se hallaba el camino por una espesa capa de nieve.

        Era la noche de aquel día imborrable, en cuya madrugada había sido condenado Idiakez. Lo habían condenado aquellos que precisamente proclamaban su inocencia. Dos idiomas en pugna: el natural de los jueces populares y el español utilizado en la vista del proceso, incompatibles entre sí, ya que no entendían los jurados el erdera, ni el tribunal ni las acusaciones el euskera, fueron la causa de una monstruosidad jurídica que reclamó y avivó el sentido de la justicia en todos los pechos vascos.

        Los jurados, nobles y rudos nekazaris varios de ellos, en las montañas guipuzkoanas ocultaban con sus toscas y nervudas manos sus rostros, sobre los que resbalaban solitarias lágrimas, que no podían ser contenidas por aquellos hombres, hechos al trabajo y al sufrimiento, al considerar que involuntariamente habían condenado a un inocente.

        Fué preciso llegar hasta los apartados caseríos, muy lejano alguno de ellos, para escuchar y observar los relatos de aquellos jueces populares y contrastar su dolor por el yerro cometido.

        El «yo acuso» consagrado dió comienzo a la nobilísima campaña de la rehabilitación de un inocente condenado. Todo el patriotismo vasco se puso en conmoción en ansias de justicia. La febril actividad de los periodistas patriotas, las intervenciones celosas y activas de los diputados nacionalistas, la noble rebeldía de la juventud, que clavó el grito de reparación en las tersas superficies de los caminos, en las laderas pétreas de los montes y hasta en las mismas rocas acantiladas de la costa, han mantenido durante largos meses encendido el fuego del entusiasmo justiciero.

        Va a ser reparada la injusticia. La reclamación de todo un pueblo demandando el agravio inferido a la equidad hará brillar a la justicia con todo su esplendor. Idiakez será rehabilitado. ¡Dios lo quiera!

 

* * *

 

        Hay otro condenado al que, al fin, hemos olvidado: el euskera.

        Este sigue proscrito del santuario de la justicia, en el que debía estar entronizado con tanta reverencia como lo está en los templos. El idioma materno, expresión del sentimiento religioso, tiene su trono en las iglesias. Debía tenerlo también en los tribunales, como manifestación externa, de los íntimos sentires de la justicia, como único vínculo de inteligencia natural y legítimo entre el reo y los que deben juzgarlo.

        No pueden los jueces formarse idea exacta sobre la inocencia o culpabilidad del acusado sin conocer el idioma en el que éste se expresa, en el que los testigos deponen.

        Una vez más ha sido el euskera condenado. En la hora presente, al rehabilitar al condenado, justísimamente por cierto, se ha ordenado que sepan el idioma español los jueces populares. Esta será la única lengua que en la revisión del proceso se utilice. Los euskeldunes puros quedan incapacitados. Por consiguiente, el euskera sigue proscrito. Precisamente cuando en todos los pueblos cultos de Europa se repara el ultraje cometido con las lenguas populares, llamándolas al recinto sagrado donde se administra la justicia.

        No es, ciertamente, que Euzkadi no reclame también este derecho.

        Ahí aguarda nuestro Estatuto autonómico el reconocimiento legal que de justicia se le debe y en cuyas entrañas mismas lleva celosamente las ansias y peticiones de que el idioma nacional vasco sea la expresión natural de los euskeldunes en los tribunales enclavados en nuestra tierra patria.

        No son de hoy estos deseos. Un alma amante de la justicia los recogió en cierta ocasión. Mas aquellas reclamaciones y este buen deseo fueron estériles ante la incomprensión española, ya tradicional en la gobernación del Estado. El notable euskeltzale Manuel de Gorostidi escribió el año 1883 un artículo titulado «El enjuiciamiento criminal en sus relaciones con el catalán y el vascuence», que tuvo una gran resonancia en aquella época. Poco tiempo después reproducía este trabajo la Revista general de Legislación y Jurisprudencia. Hasta llegó su influencia al mismo Tribunal Supremo y al Gobierno de la monarquía, porque el fiscal del alto tribunal, en una «Exposición» dirigida al Gobierno con fecha del 12 de septiembre de 1883, decía lo siguiente: «Como en algunas comarcas de este país hablan determinados dialectos (?), sería muy útil recurrir a la dificultad que se ofrece a las declaraciones de los testigos con alguna disposición análoga a la que se adopta en el artículo 440 de la ley de Enjuiciamiento criminal, para el caso de que los testigos no hablen el idioma español. Mas aunque no es difícil en esos casos, servirse de un intérprete, hay que convenir en que, por fiel que sea la traducción que se haga de las palabras del testigo, puede suceder que en determinados casos, pierdan al ser traducidas algo del sentido que alcanzan en los dialectos en el que aquél se expresara. Obviaría este inconveniente si se hiciera aquí lo que se hace en algunas regiones de Francia y Bélgica, en que hablan también dialectos especiales y se permite que se pregunte a los testigos y que éstos contesten en los dichos dialectos. Para ello, en los indicados países se nombran magistrados y fiscales de las comarcas en que esto ocurre a los naturales de estas o que conocen suficientemente los dialectos que se hablan en las mismas. El inconveniente que en España pudiera ofrecerse por las incompatibilidades que quizás se pusieran a esta disposición, no ha de tener tanta fuerza, hoy que la opinión ilustrada tiende a la restricción de las incompatibilidades».

        El mismo ministerio fiscal del Supremo, la más severamente defensora de la justicia, la que por su mismo oficio tiende siempre a amparar como principio la equidad, reclamaba, hace ya cincuenta y siete años, se diera ingreso al euskera y al catalán en los tribunales, poniendo como ejemplo lo que para entonces se hacía en la unitaria y centralista Francia.

        Cataluña ha conseguido ya este derecho. Es de justicia esperar que, en breve, lo obtenga Euzkadi.

 

 

 

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