Pedro Mari Idiaquez
Manuel de Irujo
El Dia, 1933-08-23
Idiáquez, con toda la emoción de su simbolismo, fue una de nuestras preocupaciones inmediatas en el Pacto de Compostela, en la cena de la Font de Lleó, en todas las incidencias del viaje triangular de Galeuzca. Con toda la trascendental importancia de su significado, fue expuesto el hecho a la consideración de los delegados catalanes y gallegos, estando presente en pleno el Gobierno de la Generalidad, en el postrero acto integral celebrado.
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Yo estaba en una mesa con varios periodistas de El Sol, Día Gráfico, L'Opinion, etc. Con este último en presencia de los demás, había cambiado conversación relacionada con una editorial aquel día aparecida en sus columnas, en la cual los vascos, y yo en especial, éramos el yunque sobre el cual una fracción disidente de la Esquerra aporreaba a los hombres de la Generalitat. Al terminar Casas su brillante oración en la que tanto de bueno habló de los vascos, y de mí personalmente aludiendo a la editorial de L'Opinion, uno de los periodistas, no sé si fue el de El Sol o el del Día Gráfico, que me rodeaban, me dijo: «Cuente usted algo que le quite a esta charla el tono de ateneo que ha tomado».
Mi cuento fue el de «Pedro Mari», la recia creación de Campión puesta en escena por Etxabe, uno de los más populares en Euzkadi hoy; y como tal lo referí con detalle que no he de repetir: «El mozo vasco de la montaña de Navarra, que al emigrar a América, por no saber castellano, es enrolado en Madrid al ejército español; que, en un día de guardia en la frontera oye canciones de su raza, sigue hasta reunirse con un grupo de laburdinos enrolados en el ejército francés como él en el español, y que muere fusilado por traidor a la patria, sin entender siquiera la lengua de la sentencia que manda quitarle la vida».
Los asistentes siguieron con gran atención el relato de «Pedro Mari», en el que simboliza nuestra raza, nuestro pueblo vasco, uno ante la naturaleza, partido por los mojones sangrientos de la historia entre Francia y España, que nos enrolaron en sus ejércitos, nos imponen su lengua y nos fusilan por traidores a su patria.
«Pedro Mari», aquel símbolo racial tan estupendo, ha pasado al pueblo sin apellido conocido. Todos le llamamos Pedro Mari. Vivió en época en que España tenía reyes que enrolaban, aprisionaban y fusilaban... por no saber castellano. Ahora hay república con Pacto de San Sebastián y todo. Y es ahora cuando hemos hallado el apellido de Pedro Mari, perdido en las regiones ideales de la inspiración racial que sopló en el alma y habló al corazón del ilustre Campión al dar vida al símbolo de la raza.
Pedro Mari se apellidaba Idiáquez.
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