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El verano en San Sebastián hace cuarenta años

 

Angel Muro

La Voz de Guipuzcoa, 1893-07-06

 

        San Sebastián, á la sazón, era una ciudad pequeñísima, con casas muy altas y calles estrechas tiradas á cordel.

        Una libra de chocolate con sus diez y seis onzas, puede dar idea exacta del plano antiguo de la capital de Guipúzcoa.

        Circundado San Sebastián por vetusta muralla, y adosado á la falda del monte Urgull, formaba con él una sola pieza, sin que pudiera el observador, colocado en alturas comarcanas, distinguir en las fragosidades de la montaña el caserío de la población, ni apreciar sus dimensiones.

        Fuera de murallas, ya era otra cosa. Después de fosos y contrafosos, el glacis se extendía en suave pendiente hasta el barrio pobre de San Martin, formando el Prado, vastísima extensión de cesped, limitada por la playa, que aun no se llamaba Concha, por el lado de Occidente, y por el paseo de Santa Catalina, ribereño del rio Urumea, por Oriente.

        En toda esta inmensidad de terreno, ni aun más allá, habia rastro de viviendas, á excepción de la barriada de que he hablado antes.

        Contorneaba la playa la carretera de Madrid, que seguia á Francia, atravesando el río sobre un puente de madera pintada de color de sangre de toro, como las puertas que le daban acceso, y que justifican el nombre dé Puertas Coloradas, de un suburbio de San Sebastián de hoy, edificado mucho más allá de donde aquéllas estaban.

        Al otro lado del puente de Santa Catalina —que así se llamaba, lo mismo que el monumental que lo ha sustituido— alzábase la Casa de Misericordia, y con este último apunte queda ya puesta la decoración y arreglada la escena para que todos nos entendamos.

        Contaba San Sebastián tres fondas: una en la Plaza Vieja, otra en la de las Escuelas, y la tercera entre calles, de un francés llamado Laffitte.

        Restaurant no se conocía más que uno, arrinconado en los arcos de la Plaza Nueva, y regentado por su propietaria, la viuda de Leclerc ó Duclerc —no recuerdo bien— y con más apariencias de pastelería y botillería que de otra cosa.

        Un solo café daba abasto á la población y estaba situado frente al Teatro Principal.

        Los domingos y fiestas de guardar, durante el verano, había sorbetes de mantecado y limón rozado para un centenar de consumidores.

        El peluquero y rapabarbas de la capital mejor instalado se encontraba en una tiendecilla de la Plaza Vieja, cuya muestra decía: «Aquí se rejuvenece».

        Tres tiendas, de todo, explotaban en aquellos buenos tiempos á los veraneantes.

        Pedro Bolla, Campión y Ayani vendían paraguas y bastones, cañas de pescar, trajes de baño, juguetes —šsobre todo, juguetes! —medias de Bayona, botas de Bayona, pañuelos de Bayona, cofres y sacos de noche de Bayona, y hasta salchichón y jamón de Bayona.

        No se conocían aun los chalecos llamados de Bayona que se fabricaron en Roubaix por primera vez, y luego en todas partes menos en Bayona.

        Este inciso no huelga, porque sin perjuicio de lo que en él se afirma, Bayona es el punto del Continente en donde la afluencia de chalecos se sale de límite, sobre todo en la época canicular.

        San Sebastián, con todas éstas pequeñeces indicadas, poseía un sastre de campanillas con pretensiones, llamado Brochetón, y luego, en todas las entradas de las casas, había su cacho de tienda con barriles de sardina en salmuera á la puerta, pan, manzanas, pelotas, alpargatas, boinas y todo cuanto era y es menester para completar un comercio de refino ó abacería.

        Cuando llegábamos á San Sebestián los que allí ibamos, teníamos ya casa tomada en un primero, segundo ó tercer piso de las calles Mayor, Santa María, Narrica, del Puerto, Puyuelo, Esterlines y San Jerónimo, que eran las más buscadas.

        Albergue, comida y lavado de ropa, con ó sin ayuda de los criados que llevara, el que los llevaba, costaba como máximun seis pesetas á las personas mayores y tres á los niños y sirvientes.

        Este precio, salvo rarísimas excepciones, era uniforme, y hacía competencia al de las fondas, en que el hospedaje era de 30 y 15 reales, respectivamente.

        La comida también era igual para todos.

        Chocolate, vaso de leche y azucarillo, con panecillo y bizcochos, como desayuno.

        A la una: sopa del puchero, los cocidos, dos ó tres clases de pescado, y ternera ó pollos asados, postres, vino y sagardúa.

        A las cinco de la tarde, para merendar, chocolate ó leche, ó dulce; y de cena, pajeles fritos, merluza frita, sardinas fritas, ensalada cocida y unas chuletillas, postre y vino.

        En la playa estaban alineadas 20 ó 30 casetas formando tantos grupos como propietarios habia: Echenique, Zabaleta, Machimbarrena, etc.

        Costaban los baños un real, y dos con bañera ó bañero.

        Los trajes de baño de las señoras eran unas blusas largas y amplias, de estameña, con una papalina de hule.

        Los hombres, separados de las mujeres, usaban la menor cantidad posible de calzón.

        La policía de San Sebastián estaba á cargo de tres alguaciles —nada más— de golilla y varita, vestidos á la antigua española.

        La vida que se hacía en San Sebastián era tranquila y monótona.

        En cada familia había individuos que se bañaban, y por la mañana temprano, la gente de fuste se encaminaba á la playa en tropel, tomaba el baño en tropel y regresaba en tropel á desayunarse á su albergue.

        Después, también en tropel, la misma gente iba á dar vueltas bajo los arcos de la Plaza Nueva, y alguna vez de tiendas.

        A las doce: á casa, á comer y a dormir la siesta, y por la tarde, después de merendar, á dar vueltas, siempre en tropel, por el paseo de Santa Catalina, sin volver la vista á la playa, por ser la hora de baño de la gente de poco dinero.

        Los niños, á jugar al Prado, con las niñeras y con los soldados, y  bailar al son del tamboril y pitos municipales.

        Al anochecer, á la Plaza Nueva, ,a completar vueltas, y á casa.

        Los domingos, á misa de tropa á Santa María; y á vestirse de fiesta para el paseo de la mañana y de la tarde.

        Alguna vez, por extraordinario, se iba al teatro cuando había comedia, y una vez en la temporada era de ritual subir al castillo de la Mota.

        La gente atrevida y gastosa hacia la excursión en coche á Pasajes, para gozar del espectáculo de las antiguas bateleras, que se arañaban y arrancaban el moño para disputarse el viajero que llegaba á visitar la fábrica de loza, instalada en la orilla opuesta de la cala.

        Tomados los baños ordenados por el médico, la familia bañista se despedía de San Sebastián, depués de cuatro ó seis dias de descanso.

        Total, cinco semanas ó mes y medio, á lo sumo, de estancia en la bella Easo, de los años de referencia.

        ¿Cuántas familias veraneaban entonces en San Sebastián?

        Ciento todo lo más, que con 300 bañistas en partida suelta componían unas 700 ú 800 personas de población flotante.

        De lo que escrito queda, pueden dar fe hoy testigos de calidad, niños entonces, de Collado, Lasala, Echague, Dupouy, Lafarga, Alcain, Lizasoain, Artola y algunos más.

        Ellos dirán cómo estoy de memoria.

 

 

 

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