Barrio del delicioso vascuence
Adrian de Loyarte
La vida en la ciudad de San Sebastián (1900-1950)
Donostia, 1955
Tiene San Sebastián un rincón tan bullicioso, que aunque las mujeres riñan, al poco están alegres. Es un rincón de sabor donostiarra, donde se trabaja cantando y donde se canta soñando. Huele a salazón, a pescado vivo y fresco; y los hombres lo llenan en cestos y las mujeres los preparan en tinas. Es un barrio que no conoce el silencio porque el griterío es su emoción. y cuando la pesca es abundante, ¿para qué más distracción? Los vaporcitos atracan y el paredón del muelle le ayuda, y los dos se abrazan a una, para que la pesca quede en tierra.
Y en este simpático rincón, donde se trabaja de prisa, se platean las tinas con discos de abrillantadas escamas. Se ungen de sal, más que la de todas las del barrio, y en el jaleo de sacar del vapor y llenar las tinas, se habla como una canción, que es el pentagrama del habla que dialoga. Y es allí donde el vascuence no se pule. Entre los hombres de mar y las mujeres de tierra y sin Academia ni reglas, hablan el más dulce vascuence que en paraje alguno de Guipú zcoa se ha podido hablar.
Este es aquel barrio de pescadores, el de las familiares casas que bajo un largo techo guarda lo que al día siguiente han de exportar. Lo que al poco tiempo, en las cestas sobre sus cabezas, o con el cariño de sus arqueados brazos sobre sus cuerpos, han de vender.
Tú eres ese rincón donostiarra que a la salida del Sol te visita, y su puesta te sombrea con su último resplandor. Ayer puerto de barcos de tonelaje y hoy de lanchas, bateles y vaporcitos. Ayer, puerto modelo, y hoy, Kay-arriba, eres muelle donostiarra de históricos pescadores y de traineras de alta mar, de lanchones de vela cuadrada y de pescadores de caña y aparejos de cordel, de redes y salabardos... ¡y entre ellos yo tanto jugué!...
Pero eres más, porque además de la vida tienes color. Y con el color tienes fecunda personalidad, humilde. Y de trabajo, pero tuya y sin copiar. Tu cuerpo tiene luz y tu alma generaciones de vida. Y cuando hoy recuerdas aquellas flotas de traineras, que al puerto veías llegar, aunque la tristeza te invada, abrázate ante el recuerdo y en la pérdida mira si en cambio el vaporcito te habla mejor.
Pues bien: este barrio, barrio de pescadores y de historia de pescadores, es el barrio más alegre de la ciudad, el más bullicioso y salero; es el que siempre llena un recuerdo a la Virgen que es su Madre Celestial, la del Carmen, el de los «portales» y de Santa Rita y Santa Quiteria. El que se llama barrio de la Jarana, donde se cuentan las horas cuando los marinos no vuelven y cuando no se cuentan ni los años, cuando el mar en sus faenas les proteje y les da tiempo para rezar.
Es el barrio de la Jarana, el barrio del delicioso vascuence de musical eufonía y de ausencia gramatical. Su sonido no se estudia, ni su giro se pregunta, ni nada se prepara como planta exótica de invernadero. Es el vascuence que se habla en toda la parte vieja de San Sebastián, espontáneo y bullicioso como el agua del manantial. Los vocablos son del pueblo, y en el pueblo hablan sin estudiar. Y lenguaje es el alma, el alma y el corazón de la antigua Ciudad. Hoy como ayer se habla; dulce como un cariño maternal y tierno como una amorosa canción.
Es el vascuence que está cerca del mar; para que tenga sonido y sepa cantar. Para que con su música, el poeta apague su sed de lirismo y el músico un concierto de sinfonías. Es el vascuence que baja de la montaña y se acerca a los mercados, te ofrece las frutas frescas y las flores perfumadas. No tiene ni un solo documento donde conste su nacimiento, ni moneda de metal donde se graba el retrato de un Rey, ni el escudo de sus armas. Por carecer, hasta le falta la gruta donde naciera; y sin embargo, es su origen tan preclaro, que si por la península paseas en ríos y montañas, encontrarás todos los nombres de tu vascuence, y del inmortal nombre de España, el «ezpaña» que es labio en este dulce vascuence.
Y desde la ciudad de San Sebastián hasta la punta de Gibraltar es la corona de tal esplendor, que si se pudiese recopilar y en brillantes traducir, no habría noche en toda la nación con los resplandores de sus aguas.
Pues bien, si entre las costumbres de un pueblo, nos detenemos en la lengua, nos encontramos con que el vascuence que siempre se habló en la ciudad de San Sebastián es de lo más dulce y eufónico. Se habló más en el pueblo que en las clases elevadas. En la montaña y en el mar. En la montaña a través de las familias de todos los caseríos que circundan a la ciudad, y en el mar, en los puertos más cercanos a San Sebastián.
El vascuence del caserío es más puro que el de la Ciudad pero no es más musical. El de los puertos sí, es agradable, con cierta mezcla de modismos. A principios y primera mitad de este siglo, el vascuence vestía de boina. En las familias, las señoras hablaban con la servidumbre; en aquella, casi toda era la fiel servidumbre del país, la hija de los caseríos de familia numerosa, donde se guardó siempre la pureza del vascuence, y bajaba a la Ciudad.
A pesar de las vicisitudes de los tiempos, el vascuence sigue hablándose en los distintos sectores de la ciudad de San Sebastián. Antiguamente se hablaba en el barrio de San Martin, y era en este barrio un vascuence sonoro, que se unía en ritmo al vascuence del barrio de la Jarana. Hoy sigue hablándose en todo el radio que comprende desde la Subida al Castillo; las calles de la Virgen del Coro, El Angel y Campanario, hasta los confines de la Brecha, San Juan y Pescadería.
Las calles de 31 de Agosto, con sus sidrerías, y las de Puyuelo, San Lorenzo, Constitución, Pescaderia, formando un conjunto que parece de diversidad de lengua y costumbres. Es el vascuence de toda esta zona, donde se conserva todavía, como trasunto de otros tiempos y otras edades.
Se oye hablar en las tiendas, por las calles, más a la mujer que al hombre, en la familia, en los pequeños paseos después de las horas de trabajo. En muchos hogares se reza en vascuence. En negocios de hombres de contratos y construcciones, cuando se trafica con leña y se sirve el carbón, cuando se ve trabajar en las obras de las casas.
El vascuence es el alma de la vida de muchas familias. Desde el paseo de la Alameda, a través de todo el desarrollo de la Ciudad, ya apenas se habla el vascuence y en cambio existen numerosos núcleos de familia donde a penas se entiende el castellano. Cuando la gente del pueblo baja a la ciudad, se une a su familia y han de perfeccionar algún documento ante Notario, se necesita de intérprete, si el Notario no conoce el vascuence para poder interpretar, traduciéndolo.
En el aspecto religioso son infinidad los libros y devocionarios que se venden impresos en vascuence, y estos libros se han venido editando desde hace ya siglos. Los confesores cumplen en el confesionario con su sagrado ministerio hablando en vascuence con muchos de sus penitentes. En la Cuaresma, de la que hemos hablado detenidamente en anteriores capítulos y tomos, se predica en vascuence. Si viviera don Isidoro Bengoechea, algo diría de estos sermones.
Lo que no hace el pueblo es alterar el lenguaje que se ha venido hablando durante siglos. Ni cambiar la costumbre y el léxico heredado de padres a hijos, ni inventar ortografias de ayer. Y si bien es cierto que los defectos de dicción se cuentan como adulteraciones, no es menos cierto que la misma habla popular los va corrigiendo, a medida que habla los modos, se pule en la misma entraña del pueblo. Pero hoy se habla más y mejor vascuence que a mediados del siglo XIX. Tenemos barrios como Ategorrieta y El Antiguo, en los que no se pierde la costumbre de hablar la lengua vernácula.
El modo de expresarse no ha cambiado en su eufónica dulzura de suavidad de primera luz. Nuestros poetas han pulsado la lira, arrancando del mismo pueblo su inspiración, como la poesía gallega. Con la inspiración de Rosalía de Castro en Airiña Airiños, Adios rios, Adios fontes, interpretación lírica del alma popular; Cantares gallegos, glosa de los cantores populares de Galicia, y Follas Novas, esencia subjetiva del más profundo lirismo galaico. Así la poesía de los valores donostiarras, ha nacido también del alma popular. De la ciudad donostiarra surge el Ume Eder bat, canto del amor y de la vida. Las composiciones poéticas de Vilinch, nacieron en la misma entraña lírica del alma popular donostiarra. Entre las calles de Iru-chulo, siempre viejas y siempre nuevas, vascuence e inspiración beben de la misma fuente y vida popular.
Cuando sus composiciones de Contzeziri, Beti zutzaz pentzatzen y algunas otras, compuso con todo su pensamiento en el alma del pueblo donostiarra; el vascuence en la ciudad de San Sebastián, es posible que no se hablase con la extensión con que hoy se escucha.
Don Antonio Arzac nace y vive en San Sebastián, y es su vascuence en Zerura y en Maricho la quinta esencia de la lírica dulce y armoniosa. Lenguaje de pureza en sus líneas, bebiendo en las mismas fuentes del casticismo donostiarra. Alma de la psicología popular y poema cuya suprema inspiración enaltece todas las más elevadas cualidades de la lengua vascongada.
La ciudad de San Sebastián es la inspiración del autor del cancionero vasco, que canta en su poesía toda el alma del pueblo.
Manterola, al comparar su magnífico Cancionero, estudió la vida del país, recogió su alma poética y la dio a conocer. El Cancionero, que es colección de poesías líricas, la antología de sus más selectas canciones y, musicalmente, la mejor colección, es en este caso del vascuence donostiarra, la identificación de la lengua y costumbres del país. Si en la poesía la llama de la inspiración se idealiza en Vilinch, con Arzac, con el presbítero Aguirre, con Emeterio Arrese, con el bardo Iparraguirre, en la música los cancioneros de D. Resurrección M. de Azcue y del Padre Donosty, y las páginas musicales del padre Otaño, pueden compararse con cualquiera de las antologías de los compositores de otras provincias españolas.
Y esta es la síntesis, reflejo del habla vascongada en los distintos sectores de la ciudad de San Sebastián, no solo de estos momentos históricos en que estamos hablando, sino de pasados siglos; porque el vascuence siempre se habló en San Sebastián desde la misma entraña de aquel fundamento histórico que se llamó Hizurun, hasta el último día de la misma existencia suya.
Es el alma de su virtud, el aroma de su esencia, la calidad de su temperamento, el grito de su amor a la lengua materna. Que no podemos sentir como Miguel de Unamuno, cuando en una solemnidad de Juegos Florales afirmó que debía enterrarse con solemnes funerales.
Y la ciudad de San Sebastián, no solamente se ha distinguido por la práctica constante del habla vascongada, sino que ha familiarizado la más dulce, la más armoniosa, la más suave y la más agradable en los giros, que en vascuence alguno se ha podido escuchar. Buenas costumbres y buen idioma. Los dos, van casi siempre unidas.