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El maestro Rodríguez

 

Siro Alcain

Iruchulo zar Donosti berri. Madrid, 1896

 

        Había antiguamente un axioma escolar muy usual, que decía: «La letra con sangre entra»; craso error que, para darle más fuerza, se autorizaba por las leyes a los maestros el uso de las disciplinas y la paleta, y se pasaba revista por la Junta de Escuelas para cerciorarse de si estos objetos se hallaban con arreglo a reglamento, hasta que felizmente fueron derogadas. Aquel axioma y aquellas leyes no podían ser más contraproducentes, como todo cuanto se impone con sumo rigor, como entonces sucedía, por la creencia general que, para que un muchacho aprendiera bien a leer, escribir, etc, etc, no había otros medios mejores.

        El dómine que encabeza estos renglones, tan conocido por los habitantes de nuestro Iruchulo, reunía circunstancias tan especiales, que merece se traigan a colación. La atención y consideraciones que entonces se guardaban a los maestros, revestia a nuestro Rodríguez de severa gravedad, que armonizaba con su fisico, alto, enjuto y nervioso, de penetrante mirada, satisfecho de su misión, considerándola, con justicia, la más sagrada del mundo. Exacto en el cumplimiento de las leyes, tenía de manifiesto la paleta y las disciplinas, y como cosas de su invención una caña larga para dar con ella buenos coscorrones, sin molestarse, desde su asiento; un saquito de cuero repleto de perdigones para tirárselo al muchacho que no estuviese al alcance de la caña, con el deber de recogérselo y entregárselo al dómine, dándole por este servicio una palmadita, amén de otros castigos que se observaban en todos los centros escolásticos.

        Cuando el maestro se levantaba malhumorado, cosa que resultaba con frecuencia, y convenía a sus cálculos, daba al discipulo que estuviese distraído una medalla.

        El favorecido discípulo tenía que cuidar de quién no estudiaba ó trabajaba para pasarle aquel distintivo; el que al dar las doce del mediodía se encontraba con ella, quedaba castigado sin comer. Generalmente se hacia poco aprecio de la medalla hasta media hora antes de la hora fatal; en este tiempo, el poseedor del distintivo redoblaba la vigilancia, y como todos eludian el castigo, presentaba la clase un modelo ejemplar de estudiosos y humildes muchachos con los ojos fijos en sus libros. Turbábase de vez en cuando aquel silencio al intentar el tenedor de la alhaja traspasarla a otro discipulo por si miró ó se distrajo, cuestiones que las dirimía el maestro lanzando, cual si fuera una bomba, el saquito de perdigones. Como la severidad no está reñida con el buen gusto, nuestro maestro tenia gran afición al cultivo de las flores, y cuidaba con esmero sus tiestos y plantas; sabia por sus estudios botánicos que era menester renovarles dé vez en cuando la tierra, y al discipulo que quedaba sin comer dábale una cestita para que la trajera del castillo de la Mota bien repleta de buena tierra vegetal. La actividad no tiene límites cuando hay un fin propuesto y de conveniencia. Así es que tomaba la cestita, bajaba las escaleras por partidas de tres y cuatro, y corriendo como un gamo perseguido por los perros, llegaba a su casa jadeando a noticiar el castigo que tenía de no comer, castigo terrible para los chicos, que en seguida le subsanaba burlándose del maestro, rellenando bien el bandullo. Satisfecho ya, cogía la cestita é iba a cumplir su misión, regresando con la carga, con el buen deseo de congraciarse con el maestro, aunque inútilmente, por su constante carácter de severidad.

        La hora funesta para los chicos era la de dar de memoria la lección. Llamaba el maestro y habia que acudir a su presencia con el libro; si se trataba de Doctrina Cristiana, preguntaba:

        —¿Cuántos dioses hay?

        —Tres

        —Siga usted: ¿qué más dice la Doctrina Cristiana?

        Aturdido el chico, mirando al fiero semblante del maestro con el brazo levantado y la palmeta en la mano, y creyendo que más queria decir que habia más dioses, contesta:

        —Cuatro

        Dábale un palmetazo sonoro y repetía la pregunta:

        —¿Cuántos dioses hay?

        Más aturdido el chico, sobre todo con el dolor del palmetazo, y creyendo que al maestro se le figuraba que cuatro eran pocos, contestaba tembloroso:

        —Siete.

        Dos palmetazos, uno en cada mano, propinaba el maestro, añadiendo sin más explicaciones:

        —Borrico, retírese usted a estudiar mejor.

        Teníamos los muchachos un procedimiento que amortiguaba el golpe de la paleta; para el efecto bastaba frotar la palma de la mano con ajo machacado. Este procedimiento estaba prohibido y castigado severamente. Sin embargo, no faltaban discipulos que infringieran la ley con la trampa en la mano. El ajo, en las condiciones dichas, esparce fuerte y desagradable olor: el maestro tenia las narices largas y el olfato fino, y luego notaba si por la escuela habia algo de ajo. Oliólo un día y se persuadió que había fraude, y fijándose en sus discípulos, les dijo:

        —Vamos a ver; ¿quién de ustedes es el que huele a ajo?

        Silencio sepulcral; pero observa que uno de los muchachos frotaba las manos en el pantalón con afán y disimulo, y dijo el dómine para si: «¡Ese es!». Llámale a su presencia, y evidenciada la infracción, ordena que le suministren una buena dosis de disciplinas.

        Estas prácticas edificantes y persuasivas eran las que se observaban en la mayoría de las escuelas de aquel tiempo.

        Tenía el maestro Rodríguez sus ínfulas de artista: todos los años ponía un nacimiento de grandes dimensiones, componiéndose, como todos de su clase, de montañas, fuentes y grutas, con los misterios que debe representar: las figuras de distintos materiales, desde el trapo hasta el barro, y la confección, de dudosa perfección, hacía las delicias de los chicos, que comentaban como un acontecimiento notable, y esperaban con ansia el dia de la apertura de la exposición, que duraba de Navidades a Reyes, días en que no había clase, por ser de vacaciones, pero muy atareados para el maestro con la repetida explicación de su obra de arte a los continuos visitantes, y con la recepción de los regalos que, según costumbre, le mandaban las familias de sus discípulos. Así que se reunían bastantes visitantes, cerrábase la puerta de la escalera y se presentaba el severo dómine con la consabida caña larga, que, al verla los muchachos, retrocedían de miedo, y principiaba la minuciosa explicación con todos los detalles de la obra, y los nombres propios con los que había bautizado a cada pastorcito y pastorcita, indicando todo con la caña. Algo separada del cuadro principal había una mesita, sobre la que reposaban dos figuras que el dómine las nombraba Marichu y Peruchu, y dando vueltas a una manivela, se ponían en movimiento, y por medio de una especie de molinete, subian y bajaban unos palos,  al estilo de un triturador de minerales, que el dómine, con pretensiones también mecánicas, aseguraba era aquello de su invención, sin que se supiera la utilidad que podía tener, ni la conexión con el nacimiento. Algo más separado, hacia la puerta de entrada, había otra mesita cubierta de bayeta verde, sobre la que descansaba una bandeja de estaño, conteniendo algunos champones y ochavos morunos, y concluídas sus explicaciones hacía señal de que podía marcharse la concurrencia, para dar entrada a los impacientes que esperaban el siguiente turno, dando primero unos golpecitos con la caña en el plato de estaño, como indicando a los distraídos: «Aquí está esto». La víspera de Reyes cambiaba la decoración del nacimiento. Colocábanse los Reyes adorando al Niño Dios. Descolgábase la estrena de hoja de lata que pendía del cielo raso, para ponerla sobre el pesebre; los pastorcitos se sujetaban también a una evolución para que el nacimiento presentase otra perspectiva; sólo quedaban firmes o en sus puestos las mesitas de Marichu y Peruchu y la del tapete verde.

        El maestro Rodriguez, además de artista y mecánico, tenia pretensiones de poeta. Entusiasmado con su nacimiento, le dedicó unos villancicos que, para muestra, bastará el estribillo, que decía así:

 

                Bajad, pastorcitos,

                Bajad a Belén

                a adorar al Niño

                Nacido en Belén

 

        Satisfecho de su ingenio se dirigió al notable maestro compositor Sr. Santesteban, con el fin de que le pusiera en música sus impresiones poéticas.

        El compositor, al escuchar tanto disparate, sin poder contener un impulso natural, se excusó de complacerle. Ofendido el poeta por la demostración y negativa, manifestó su desagrado, añadiendo que el tal maestro no era músico ni mucho menos compositor: tal era el sentimiento que le causaba el desengaño de sus ilusiones.

 

 

 

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