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La educación en 1928

 

Calei-Cale

A través de Iruchulo. Izarra, 1963

 

        Los que creen que la educación de hace 35 años es la misma que ahora se recibe, están en un error crasísimo.

        Los notables adelantos que en la pedagogía se han obtenido de cierta época a esta parte; el excelente material que hoy se emplea; las condiciones de salubridad é higiene que reunen los actuales centros de enseñanza y el escogido y bien retribuido personal que se dedica a la penosa tarea de formar al hombre, todo esto se encontraba en mantillas en la época a que me refiero.

        Las escuelas instaladas en el edificio destinado hoy a Juzgados ó en los locales llamados de Santa Marta, eran por demás obscuros; el sistema de ventilación no permitía que se abriera una sola ventana para no exponer a los alumnos a una punta de costado, pues que en aquel entonces no se conocían las pulmonías; y de esta manera, pasábamos los chicos seis horas mortales al día, respirando un ambiente corrompido a cuya formación no contribuían poco las apetitosas castañas a que éramos tan aficionados.

        Si a las escuelas de Santa Marta me refiero, son de mencionar las escenas poco edificantes que presenciábamos los alumnos si asomábamos al balcón ó a las aberturas que para el paso de las palomas se abrían en el cenagoso retrete, pues no había día que las reclusas de la cárcel vecina no se zurrasen la badana, agarrándose de las greñas y lanzándose piropos de subidísimo color que no echaban en olvido nuestras despiertas imaginaciones.

        Cuando las detenidas no estaban de humor para armar camorras, entretenían sus ocios examinándose mutuamente la cabeza y dedicándose a serios prolijos estudios frenológicos ó tomando el pelo a Muthua, demandadero de la cárcel, quien por su grotesco físico se prestaba a las cuchufletas de las distinguidas huéspedes de aquella pocilga.

        El mobiliario se componía de unas cuantas mesas corridas donde escribíamos moviendo la lengua fuera de la boca al compás del monótono rasgueo de la pluma de ave que hacíamos tajar previamente al profesor, el cual llevaba en el dedo pulgar de la mano izquierda una especie de dedal de soldado que servía para la decapitación de la punta; del mapa de Europa y un mapamundi que adornaba las paredes, en compañía de algunas estampas iluminadas representando asuntos de Historia Sagrada, tales como Adán y Eva haciendo la recolección de la manzana en el Paraíso, David tocando la famosa arpa y la construcción de la renombrada torre de Babel, que más que torre parecía una tarta empezada a desmontar. Dos ó tres encerados y la tribuna del maestro, completaban el mobiliario de una escuela de aquel tiempo.

        Si pasamos a otro orden de consideraciones, se verá que la higiene estaba completamente descuidada, pues para el ingreso de los alumnos no se exigía, como ahora, certificación de haber sido vacunados aquellos y no padecer ninguna enfermedad cutánea; bastaba la simple presentación del chico, acompañado del padre ó de la madre, para ser admitido sin más requilorios, aun cuando llevase la cara plagada de guinguillas y la cabeza convertida en un vivero de moluscos.

        Unicamente, como preservativo supremo higiénico, se nos invitaba por el maestro a enseñar la palma de la mano a las horas de entrar en clase, sacudiendo en ella un soberbio reglazo si notaba la menor suciedad.

        Bien es verdad que tal era la costumbre del profesor de repartir palmetazos, que bastaba abrir la mano para que instintivamente cayera el palo sobre ella, así estuviera más limpia que una patena.

        El sistema de enseñanza era notable.

        Comenzaba la clase con la lección de escritura con modelos Iturzaeta y duraba el tiempo que tardaba el maestro en echar la consabida siesta, previa la absorción de una respetable dosis de rapé, recitando la cabeza sobre la mano derecha y empuñando con la izquierda —¡oh, fuerza de la costumbre!— una larga vara de fresno, amenaza constante que pendía cual espada de Damocles sobre nuestras cabezas.

        Cuando nuestro buen profesor concluía la laboriosa digestión y se desperpaba, nos endilgaba un amenazador spech diciéndonos que no le creyéramos dormido, pues este era un ardid al que recurría para observar la compostura que guardábamos en clase. Por supuesto, maldito el crédito que concedíamos a las palabras de nuestro dómine, cuyos estentóreos ronquidos y resoplidos de ballena herida, venían a desmentirle con harta elocuencia.

        Concluída la lección de escritura, daba comienzo la lectura de fábulas por secciones ó grupos de alumnos, donde uno de la confianza del maestro hacía las veces de éste, armado de un respetable puntero ó de un marco de pizarra, y aprovechaba esta ocasión para satisfacer sus resentimientos personales en alguno de los compañeros que momentos antes le había negado una chustarra.

        En geografía, nuestros conocimientos se reducían a saber que la capital de Francia es París; la de Holanda, la Haya; la de Suecia y Noruega, Eltzekondo, etc., etc. Que había dos hemisferios; que el mundo consta de cinco partes y que hay muchos mares y muchas islas, comenzando por la de Santa Clara.

        Con esto, unas pocas nociones de gramática, ortografía y aritmética, mucha doctrina cristiana y el rosario que se rezaba todos los sábados enseguida de la lección de escritura, ya nos creíamos en posesión de una sólida instrucción é ingresábamos en las escuelas de Náutica y Comercio, que equivalía a matricularse en la mismísima Universidad de Madrid.

        El sistema empleado por los maestros de aquella época para inculcarnos la educación era recurrir siempre al palo, por aquello de que la letra con sangre entra. Y desgraciados de nosotros si enseguida de una paliza propinada por el célebre Y..., maestro a quien echaron de Alza por los monumentales garrotazos que repartía a sus amantes discípulos, íbamos a contarlo en casa, pues el padre ratificaba el procedimiento del profesor y nos investía con el regium exequatur.

        No había día en que el indicado maestro Y... no convirtiera la escuela en un hospital de sangre a fuerza de menudear palizas, sopapinas y tirones de oreja, especialmente cuando reñía con su cara mitad.

        Como costumbre original, es de mencionar la que teníamos que entregar al maestro todos los sábados un cuarto para pago de la tinta que consumíamos, cuyo cuarto no llegaba a su destino si daba comienzo la zizarra nueva.

        Como en aquel tiempo el vicario venía a ser el verdadero inspector de la enseñanza, salía de las escuelas el personal necesario para monaguillos, escogiéndolos el celador de templos ó el sacristán por delegación del párroco.

        Así mismo, cuando faltaba gente que condujera hachas en los entierros, el sacristán se personaba en la escuela y se llevaba los chicos necesarios para dicho servicio, que solía ser retribuído con cuatro cuartos por individuo.

        Cada vez que veíamos la aparición del sacristán, se operaba una revolución entre los chicos, diciendo sotto voce: hoy tenemos atoaje. Esto quería decir que tendríamos cigarros, guingas ó alg£n pastel de aquellos de forma de caballo que se vendían en el establecimiento de andre Pepa.

        Hasta las compañías de Teatro recurrían a las escuelas cuando necesitaban comparsas para La Redoma encantada, El terremoto de la Martinica y otras funciones de grande espectáculo.

        Lo más florido del barrio de San Martín y del de la Jarana concurría  aquellas escuelas y en unión de otros no mejores caletarras, se proyectaban y llevaban a la práctica ideas verdaderamente diabólicas y atrevidas.

        Pañiku, Penano, Tavi, Mizquiris y otros que fueron mis compañeros de glorias y fatigas, algunos han desaparecido del mundo de los vivos y otros andan por ahí embutidos en las pesadas botas del pescador, las greñas sueltas y la enmarañada barba que les desfigura la cara, hasta tal punto de que muchas veces me cuesta trabajo reconocerlos.

 

 

 

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