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La escuela de párvulos

 

Dionisio de Azcue

Mi Pueblo, ayer. San Sebastian, 1932

 

        Los episodios de los años escolares suelen constituir materia frecuente de esta clase de memorias. No los desdeñan en las suyas, por socorrido que sea el género, las grandes celebridades literarias. Esta observación podrá justificar el recurso de mi modesta pluma a los recuerdos de la escuela, para sumar algún «croquis» más a los que vengo trazando en evocación de la Donostia que alcancé en vísperas del San Sebastián actual. No conozco otras escuelas que las públicas. Entré por la calle de Garibay, a la de párvulos, y salí por la calle de Peñaflorida, de la de Gr balos, pasando por la de la Compañía, de Usandizaga: el mismo trayecto que recorrieron muchos de mis coetáneos en quienes los recuerdos que van a seguir pueden, si los leen, suscitar idénticos sentimientos de lejana añoranza que los que en este momento me dominan, a tantos años de distancia.

        Entre los recuerdos estrictamente personales, el más lejano, aunque todavía imborrable, es el de mi primera conducción (no diré mi «ida», porque no quise «ir», a la escuela de don Antonio San Vicente, maestro de la de párvulos, retorciéndome, entre alaridos, como una lombriz, en los brazos de mi padre.

        Pero pronto me aclimaté. El maestro no «pegaba», el recreo era mucho, y las clases, amplias y claras, estaban decoradas de infinidad de «santos» de asunto sagrado y profano, de todas las ediciones multicolores de Saturnino Calleja.

        Era una escuela maravillosamente dotada de infinidad de aparatos e instrumentos. Había —entre otras cosas—, lo recuerdo muy bien, un piano o cosa parecida, que emitía letras y sílabas en lugar de sonidos, y había, asimismo, un completo material de aparatos de física elemental. Era una fiesta mágica, por ejemplo, la demostración de los vasos comunicantes, de la pipeta y de la presión hidráulica, que convertían las aulas infantiles en un jardín de Versalles, lleno de surtidores.

        Pero las dos especialidades de don Antonio eran la geografía y el Antiguo Testamento. Antes de aprender a leer conocíamos todos Europa, gracias a él y a los mapas de Paluzie, mejor que un administrador de Correos.

        La historia de los hijos de Jacob, y en especial el episodio aquel en que José, dignatario de Faraón, retiene por ladrón a Benjamín, y acaba por darse a conocer y abrazar a sus hermanos, todo ello narrado por el señor maestro como él sabía hacerlo, nos solía conmover hasta las lágrimas.

        Sabíamos también de corrido la historia de nuestros primeros padres. A este propósito recuerdo que en la escuela nuestra, en el patio, había una punta de jardín, y que en medio se alzaba el único árbol de la pieza, un joven melocotonero. No sé por qué, aquel árbol, poco a poco, fue asimilando mi pequeña mente, nada menos que al «árbol de la ciencia del bien y del mal», del que nos hablaba el señor maestro. Ni que decir tiene que la obsesión se acentuaba seriamente allí al comienzo del verano, cuando el fruto llegaba a su madurez. Verdad es también que el señor maestro, conociendo de sobra los electos de la caída original, salía al paso de todas nuestras tentaciones, con dos vueltas dé llave a la puerta del jardinillo.

        Tengo un especial recuerdo de los «premios». El Ayuntamiento dotaba por entonces con esplendidez este capítulo, y además el encargado de adquirir los premios debía de tener una intuición especial de las apetenciasy gustos infantiles, pues siempre ocurría que el objeto recibido llenaba y aun superaba lo imaginado por los chicos. Hasta época reciente he conservado con cariño un maravilloso cartapacio blanco, que por entonces me dieron, con su correspondiente diploma firmado por «El Alcalde, Víctor Samaniego». Por obra de hadas, o cosa así, tuve yo aquella carpeta y, sobre todo, el paisaje pintado que la decoraba, con una perspectiva de abetos nevados sobre un fondo de cordillera violeta. En aquellas imágenes de peregrina sugerencia, reconocía yo, muchos años después, el germen de recónditas aficiones pictóricas que le habían de cautivar a uno toda la vida.

        La distribución de premios se hacía por entonces con gran solemnidad, rodeando el acto de todo el aparato estimulador del pequeño mundo escolar. Se destinaba al efecto un domingo, y el acto era presidido por el alcalde y una porción de señores de barbas, todos muy serios y algunos de levita. La Banda Municipal, desde la calle, daba un concierto mientras duraba la distribución de los diplomas y objetos entre la grey endomingada de los chiquillos. La fiesta, en que nunca faltaba un discurso de circunstancias de la primera autoridad, se desarrollaba como un auténtico capítulo del libro Juanito.

        ¡El libro Juanito! ¿Quién de nuestra generación sería capaz de sustraerse al recuerdo imborrable de las páginas del Juanito, cuando evoca las lejanías de la infancia feliz?

        Ya hablaremos del Juanito cuando recordemos los hechos de la otra escuela, la de arriba, la de «La Compañía», por llegar a la cual suspirábamos los párvulos y a donde habíamos de pasar más tarde, cuando dejamos de ser aquella inocente bandada de jilgueros que al salir de clase se desparramaba por la calle de Garibay, después de ensayar a «quién mear más lejos» desde el bordillo de la acera.

 

 

 

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