La escuela de «La Compañía»
Dionisio de Azcue
Mi pueblo, ayer. San Sebastian, 1932
Las escuelas de la calle de Peñaflorida, que nosotros, los menores, designábamos con el nombre genérico de «La Compañía», se distinguían entre sí, a su vez, por otras denominaciones propias.
Dos de estas escuelas, sin contar la de Usandizaga ni la de Grábalos (la «Superior»), estaban instaladas en el mismo piso, con entradas por contiguas puertas. Por encima de ambas, una inscripción pintada a todo lo ancho del muro rezaba así: ENSEÑANZA ELEMENTAL. Ahora bien, como la primera palabra del rótulo caía simétricamente sobre una de las puertas, y la otra palabra, con no menor simetría, coincidía con la segunda puerta y, además, subía por enmedio el tubo del gas, los chicos de mi tiempo, siguiendo la tradición, sólo distinguían allí dos substantivos independientes, y de aquí resultaba:
¿Dónde «anda» Anixeto?
En «la» ENSEÑANZA.
¿Y Pasteluxe?
En «la» ELEMENTAL.
Yo no «anduve» en ninguna de ambas, sino en otra del piso superior, que regentaba el maestro don José Usandizaga, y me reputaba feliz al no haber caído abajo, sobre todo en «la» Enseñanza, en las garras del pasante cojo, que tenía fama de arrear con una correa. Ahora comprendo que, aunque así fuera, la correa misma resultaba todavía un guante para la clientela que de ordinario le tocaba recibir al pobre hombre, nada menos que los chicos del muelle, procedentes de la clase de Santa Marta, esto es, de la primera escuela del mundo que conoció una huelga general revolucionaria, iniciada por una severa pedrea de los cristales del recinto educador.
Para éstos un calabrote aún era poco.
Guardo un excelente recuerdo de don José Usandizaga. Era un buen maestro y una buena persona. Le estoy viendo con su eterno hongo negro y el impermeable de esclavina sacudido por el viento, llegar por las mañanas a la escuela, cabeceando como una gabarra en la resaca. Tenía una noble cabeza vasca, de faz rubicunda, encuadrada en una opulenta barba cana, toda requemada por el tabaco: una verdadera cabeza de estudio. Como a nosotros eso del «estudio» no nos preocupaba demasiado, habíamos adoptado una definición más breve de la fisonomía del señor maestro: Bizar-aundi.
Padre de numerosa familia, prolongaba sus actividades fuera de clase y ejercía la secretaría del entonces párroco de Santa María, su grande y famoso amigo don Isidoro Bengoechea.
Caracterizaba a nuestro profesor una bondad natural que le hacía delegar la policía escolar en sus dos hijos mayores, que los tenía de pasantes en la clase. Por ellos hicimos conocimiento con la «palmeta», lo que nos dio ocasión de experimentar la virtud preventiva de la «fricción de ajo» en la palma de la mano, aunque siempre quedó la duda de la eficacia de la receta.
No voy a describir por menudo la actividad de las clases. Todos solemos tener las mismas cosas que contar en estos recuerdos. Por lo que a mí se refiere, se me representan siempre concentrados en un rumor semitonado de lecciones y en el canto melodioso de la tabla de multiplicar .
El fuerte de esta escuela estaba en la aritmética, que Usandizaga procuraba inculcarnos con métodos llanos y gratos. Conservo, en cambio, amarga memoria de mis primeros conflictos con la gramática, y en especial con aquellas abominables declinaciones: nominativo, hombre; genitivo, del hombre... Les cobré odio para toda la vida y desafío a que declaren sentir otra cosa todos mis antiguos compañeros.
Había una asignatura de historia natural, extraoficial y eminentemente práctica. En ella no tenía parte el maestro, ni mucho menos. Se explicaba entre nosotros a media voz, en presencia de las colecciones, al amparo de los pupitres, levantados con disimulo. Allí había cangrejos de «la rampla», traídos por los arrantzales; gorriones, abejas, grillos, gusanos de seda, albanos y kabuxas; bustiña, musgo, kixkiteko... en suma, los tres reinos de la naturaleza. No he conocido fiesta mayor que la que solía poner en clase la evasión repentina de uno de aquellos gorriones.
No sé por qué, en nuestra escuela se mantuvo siempre un cierto prurito de fortaleza física, a la vez que un espíritu de camorra bastante acentuado. El primero de dichos motivos, suministraba la flor de los alumnos al Señor Luxu (don Norberto Luzuriaga), que dirigía el gimnasio municipal, instalado en los sótanos del edificio. El segundo nos proporcionaba frecuente ocasión de burrukas o desafíos que, según su categoría, se solventaban en la playa al pie de la primera bajada, o debajo del primer ojo del puente de Santa Catalina. La clase entera volaba alborozada a presenciarlos en corro. Había dos métodos de pelea: a zartakos o a tirar al suelo.
Eman, eman, eman! azuzaban al suyo los respectivos bandos, y cuando con «una buena» uno de los púgiles acertaba al otro en pleno rostro y sangraban las narices, exclamaban entusiasmados los testigos:
¡Anda, ya le ha «hecho chocolate»!
Nunca se permitía la terminación del match antes de que el vencido hubiera pronunciado la palabra necesaria: ¡Errendi!
Figúrese ahora el lector si la palmeta, la correa y hasta la maza de púas no eran indispensables para aquel mundo levantisco. Así se comprende el regocijo sarcástico que entre nosotros producían aquellas historias de niños buenos de los libros de lectura y en especial los relatos ejemplares del Juanito.
¡El Juanito! Todavía existe. Lo acabo de ver y, apenas abierto, de sus páginas me han subido un tropel de recuerdos. Aquí encuentro, por de pronto, aquellas inolvidables y pequeñas láminas de la geografía física, aquellas sugestivas representaciones tituladas «Península», «Istmo», «Cordillera», que nos hacían soñar con lejanos países. Veo aquí la «Historia de un tejedor»; la del niño que tenía la mala costumbre de tragarse las cerezas lanzadas al aire; aquella otra, enternecedora, que comenzaba así: «Había en Turín un hombre que tenía un elefante...». Y leo todavía la pelea de Juanito junto a la fuente, la mentira de la carta y la desesperación del padre, a quien había causado, con tal mentira, «la pérdida de un negocio en el que ganaba más de cien duros».
No obstante, para nosotros, en nuestro fuero interno, la más grande de las mentiras era el propio libro Juanito, con todas sus historias, y la que más nos indignaba de todas era aquella en que Juanito va con su padre a visitar las cárceles. Nosotros aceptábamos de buen grado las lecciones de la honradez, de la sinceridad, del perdón de las injurias, pero nos resistíamos con energía a admitir que el simple hurto de una pera pudiera causar a un muchacho normal remordimientos tan atroces como al «vaina» de Juanito.
Un día, en casa, leía yo con malicia, a mi hermano, el ya mencionado capítulo de la visita de cárceles. El escuchaba en silencio, cada vez más sombrío, y cuando llegué a la enumeración de las penas y leí aquello de «veinte años de cadena por haber saltado las tapias de un jardín y robado allí dos libras de fruta», mi hermano, furioso, se levantó y, arrancándome de las manos el libro, lo arrojó al patio por la ventana abierta. Fue, en muchos años, mi última lectura del libro Juanito.
LA «SECCION SEXTA»
El maestro se deslizaba en la escuela como una larga sombra, sin ruido, en zapatillas, con las manos al dorso, alto, seco y encorvado. Subía al estrado, se quitaba el gorro negro de seda y, de pie, iniciaba la plegaria de apertura de clases, que estaba impresa en grandes carteles en el muro frontero. La escuela entera, en coro cadencioso, recortando las frases, alargando los finales, repetía la fórmula con este brío espontáneo que la recitación en común imprime siempre a las gargantas infantiles.
Y comenzaba la tarea.
No era liviana la que le había tocado a don José Gómez Grábalos, maestro de la Escuela Superior de Peñaflorida. En su dirección había envejecido el anciano profesor, educando a una porción de generaciones capaces de agotar las energías de una Normal completa. La burocracia de Instrucción Primaria había deparado al viejo maestro la suerte de bandearse solo él con medio centenar o más de muchachos, mayores en edad y resolución, que procedían de todas las escuelas elementales de la ciudad e iban alli a completar la enseñanza.
Los había a elegir. Los grupos escolares de Peñaflorida («la» Enseñanza y «la» Elemental) suministraban a Grábalos el elemento más dócil, con la excepción, que me apresuro a consignar, de los «indígenas» del muelle. De Amara venía de todo y en este «todo» fuerza es incluir a Natilla, el insigne personaje de quien hablaré más tarde. Atocha, en fin, daba a la Superior un producto escolar constantemente homogéneo, de la calidad más temible. Era sabido; todas las promociones que llegaban de la escuela de Atocha había que confinarlas en la histórica «Sección sexta», que se hizo célebre en los anales de la Escuela Superior. A ella, por derecho propio, perteneció siempre Natilla.
Comenzaba, decíamos, la clase :
A ver, secciones, lectura... ¡Señor Zamora, que voy a usted!
Las seis secciones, al mando de sus instructores, formaban la media rueda contra los encerados y daba principio el bordoneo general de la lectura, mantenido en un tono agudo e invariable.
Leíamos El Mundo. Desde la época de Pepe Artola se había leído con Grábalos El Mundo y El Mundo siguieron leyendo José María Salaverría, Inzagaray (luego don Ramón), el que llegó a ser doctor Urrutia y tantos otros discípulos más o menos ilustres del maestro Grábalos.
Era el tal libro una serie ordenada de narraciones y estaba impreso en caracteres variadísimos. Era lo que por entonces llamábamos un manuscrito. Un honrado comerciante, don Antonio, sus dos hijos y un viejo pescador filósofo, Ambrosio, eran sus principales héroes. Estas eran, por decirlo así, las figuras oficiales, porque cualquiera podía ver en aquella edición, junto a los grabados e interpuestos en las leyendas, una multitud de nuevos personajes agregados por los lectores. A lápiz y a tinta desfilaban por El Mundo las figuras del abuelo Kaskarria, el odiado guarda de la plaza de Guipúzcoa; del viejo y apedreado Ximon trapero, de Markox fosforero, del Montañés con su carro de baratijas y hasta del propio maestro, representado en irreverentes caricaturas.
Pero el personaje que era objeto de mayor número de alusiones en las márgenes del libro, era, una vez más, Natilla.
Es hora de presentarlo: Flaco, espigado, perpetuamente avizor e inquieto, de medio cuerpo para arriba era una ardilla; de cintura para abajo, una anguila. Las lecciones le inquietaban muy poco; los golpes, diarios y abundantes, mucho más. Se pasaba los días de rodillas en el estrado, estudiando sobre la superficie del libro la vida y costumbres de la mosca, y amenizando las aulas con mil visajes, en cuanto el maestro le perdia el control; Natilla era la alegría de la escuela y el ídolo de la «Sección sexta».
Nadie como él para armar una kabuxa. Denominábase así una extraña práctica revolucionaria, sólo conocida en aquella escuela. Consistía en una huelga súbita, urdida con el exclusivo objeto de probar ante el maestro el valor de los conjurados. Puestos de acuerdo los elementos de una «sección», se comprometían a «no saber» nadie, cuando el maestro les preguntara, la lección que tenían aprendida. Subía al tablado la sección:
Vamos a ver; usted... las guerras médicas...
No sé. (El maestro comenzaba a hacerse cargo.)
Usted, señor Peña...
No sé. (Grábalos se quitaba los puños.)
¡Señor Zatarain: las guerras médicas!
No... sé.
¡Puñales! y el maestro, pálido de furor, repetía la pregunta, al tiempo que se levantaba, enarbolando el puntero:
A usted, señor Altuna. ¡Que le «espardillo» a usted si no lo sabe!
Y el infeliz, sin quitar la vista del puntero, soltaba inmediatamente: «Habiendo Darío introducido un ejército en el Atica, provincia de Grecia, fue derrotado por Milcíades, general de los griegos, en las llanuras de Marathon..., etc., etc.», y así, de carretilla, hasta el final.
Acto seguido, y puesto que de griegos se trataba, allí era Troya para los huelguistas, que recibían una copiosa rociada del indignado maestro.
En cuanto al Marathon, tenía que correrlo después el traidor, al salir de la escuela, perseguido por los conjurados.
Natilla se cobraba la fama de las travesuras propias y aun de las ajenas, en las dedicatorias marginales de El Mundo y de las Fábulas. Un día le fue injustamente imputado cierto pequeño hurto de pastel-apurras que otro colega perpetró en la confitería de Guereca. Pues bien, la fama de «Ladrón de las Delicias» le persiguió toda la vida escolar, y al pie de cada lámina o fábula, surgía siempre alguna adaptación alusiva a la supuesta rapiña de Natilla.
Todo rasgo físico, más o menos chocante, que los anónimos ilustradores percibían a su alrededor, comenzando por el propio maestro, era registrado, en prosa, verso o dibujo, en las páginas ya dichas. Como muestra del ingenio expresivo que revelaban los epigramistas, citaré el caso de un colega apellidado Vázquez. Vázquez era tartamudo o, mejor dicho, adolecía de una pronunciación nasal tan particular, que hubiera costado trabajo a cualquiera el definirla. El anónimo de turno no tuvo que hacer ningún esfuerzo para lograrlo; escogió en el libro un grabado que representaba a un pescador de caña; pensó una frase como si la dijera Vázquez: «Vázquez, pescando panecas», e inmediatamente, al pie del grabado escribió, remedando con exactitud asombrosa el defecto del interesado:
ASQ- ES- ESQ- ANDO-ANEQ- AS.
Distinguía a la Escuela Superior cierto aire académico, en consonancia con el título, y de ello tenían conciencia los alumnos. Esta noción y la diferencia de edad les permitía cobrar el barato en los alrededores de la escuela, donde constituían el terror de la chiquillería.
La enseñanza era llevada por Grábalos con una competencia y una devoción pedagógica ejemplares. La ortografía constituía objeto predilecto de sus afanes; bien la recuerdan sus alumnos.
Había en sus desvelos una excepción: la asignatura de dibujo, en la cual reinaba una libertad selvática de iniciativa y procedimientos. Se daba los sábados por la tarde. Los ángulos se trazaban a ojo; las espirales, a pulso. Para ganar tiempo, los dibujos lineales se calcaban del modelo, pinchando en los vértices con la punta del compás; pero, como el procedimiento databa de generaciones anteriores, venían los modelos con los vértices tan ensanchados por el continuo perforar, que había que pinchar ad libitum en el vacío, con lo que ninguna escuadra se aproximaba, ni de lejos, a los noventa grados. Por este método eso sí llegamos a tal perfección en la anarquía, que una sólo línea trazada con normalidad, producía en el dibujo el caos más espantoso.
Los sábados, después del dibujo, venía la explicación del Evangelio y a continuación, como fin de clase, el rosario. Yo la temía con espanto, y no por falta de devoción, sino por lo que diré en seguida.
Joxe Azurza y yo éramos, respectivamente, inspectores de clase y de orden, y al llegar a la letanía se producía precisamente el «desorden». Llegaba éste fatal, irresistible, en cuanto la «Sección sexta» en masa comenzaba a prolongar las «eses» y acababa por arrastrar a la escuela entera en un formidable silbido :
Ora pro nobisss...
Ora pro nobissss...
El maestro, entonces, paraba el rezo, y colocándome la vara en la mano, me ponía en el trance de sacudir a los culpables o de ser a mi vez sacudido. Sacudía yo, por fin, con la muerte en el alma, pero cinco minutos después, loco de terror, corría por Alderdi-Eder, perseguido por Natilla, con sus piernas de liebre, y por toda la «Sección sexta», que se cobraba a zartakos del infeliz inspector .
¿Qué habrá sido de Natilla? La última noticia que tuve de él fue que le habían visto de tripulante del Matapán, uno de aquellos trasatlánticos de las Messageries Maritimes, que hacían escala en Pasajes hace veinticinco años...